Ir a ti

Es curioso cómo la Vida no dejaba de darles toques y cómo de increíble la fuerte sutileza con la que se lo hacía saber: les ponía uno, dos, tres caramelos... -no siempre dulces- y al cuarto, algunos picaban y otros no se enteraban hasta el cuarenta y seis, como poco.

Es curioso como, en cuestión de cuatro días, con un 'lo dejamos' de por medio, -que a ella, tan sentida siempre, la habría dejado devastada-, de repente, la Vida no quería que ella se hundiera y la sacaría de golpe de las profundidades en las que ella creía acabaría sumergida.

Se sentía por momentos como si hubiera estado buceando de nuevo en las profundidades, tenebrosas y agitadas donde nada tiene sentido. Y, como de la nada, una inmensa mano, cuando se intuía al borde de quedarse sin aliento, de sentirse casi ahogada, la sacara y se viera dando fuertes bocanadas de aire para poder sentir de nuevo la vida en ciernes: "¡Joder, que la vida está pasando y te la estás perdiendo!

El encuentro con un viejo amigo al que no veía físicamente hacía unos nueve años, le regaló un retiro fotográfico a cargo de una excelente profesional que sonaba a lo que ella, sin ser muy consciente, llevaba tiempo buscando. Un retiro de tres días en la Selva de Irati, Navarra. "La Selva de Irati". Aquel bosque, se había dicho, iba a ser su primer destino después de pasar por La Rioja cuando encontrara la furgoneta y decidiera, por fin, coger carretera y manta. Había oído tantas y tantas veces hablar de aquel lugar… y nunca antes había surgido la oportunidad de ir.

Como iba en busca de bosques en los que respirar profundo, de colores para despintarlo todo de gris y de los cambios de estación que le recordaban que la vida era eso, un constante ir y venir y que cada día era distinto al anterior con un nuevo comienzo, pensó que sería un buen lugar para empezar su andadura, y aún más en otoño, donde empieza un recogerse y un mirar hacia dentro. Además, casualmente sucedía justo el fin de semana coincidiendo con su cumpleaños y, por si todavía fuera poco, al entrar a mirar un poco mejor de qué iba aquello para terminar de comerse todos los caramelos, leyó que el retiro era IR A TI. ¡Jaja!¡No se lo podía creer!

¿Cuántas veces había pronunciado en las últimas semanas aquel nombre y jamás había reparado en la posibilidad de dividir la palabras en otras tres y que encima tuvieran un sentido tan sentido para ella? Así que lo tuvo claro, eso sólo podía significar una cosa: la Vida le estaba dando un caramelo bien dulce y claramente no podía no pararse a saborearlo ricamente.

Ellos no se entendían muy bien. O quizá sí, pero tal vez anhelaban cosas diferentes. A veces, se preguntaba si eso era del todo cierto o si es que ella, inexperta en bajar revoluciones, se apresuraba en exceso y necesitaba tener todo claro y bien atado y así poder sentirse segura en la relación. No siempre sucedía, claro, pues lo orgánico en todo lo que nos rodea es que los ritmos sean lentos y, en consecuencia, de manera inconsciente y sin quererlo, ella siempre terminaba dinamitándolo todo. “Maldita la naturaleza ansiosa que te envuelve”, se maldecía. Necesitaba una certeza que, a día de hoy, él no podía darle, pero ¿y si más adelante pudiera? ¿Por qué habría de parar algo hoy que no estaba siendo como idealmente le gustaría y no confiar en que lo podría traer el mañana?

Sin embargo, pensaba en sus tripas y en lo que éstas llevaban semanas contándole sobre merecer a alguien a su lado que tuviera tan claro como ella lo que ella sentía por el otro. “La dualidad de siempre”, pensaba. Y en el fondo, lo cierto es que él nunca le había negado lo contrario. Simplemente, ahora mismo, no podía prometer nada hacia adelante.

Pero a ella le costaba entenderlo… Y le costaba darse cuenta de que no estaba pidiendo demasiado. “¿O quizá sí?”, dudaba. Y le costaba dejar de culparse por sentirse demasiado. Dejar de sentirse culpable por querer construir algo junto a alguien y no sentirse mal por sentir la necesidad de sentir al otro certero al otro lado. ¿Estaba eso mal? ¿Estaba ella mal hecha?

Con la decisión de alejarse, o de dejarlo estar por el bien de ambos y no acabar desgastando la relación, la tristeza se apoderó de ella. De forma muy violenta. Tanto, que lloraba tanto y tan fuerte, que se quedaba sin aire y, para traerlo de vuelta, le entraban ganas de vomitar. De vomitarlo a él y de vomitar el amor que sentía por él, que se había quedado atascado entre su corazón y su garganta.

Cada vez que entraba en el cuarto de la tristeza entraba en la habitación del pánico. Allí estaba todo oscuro y sin ordenar. Allí no estaba sólo la ausencia de él, sino todo a lo que no se había atrevido a mirar de frente en el día a día e iba amontonando sin descanso, como el que esconde la mierda debajo de la alfombra. Y se asustaba porque, le devoraba ese pensamiento obsesivo que le decia que no iba a poder salir de allí nunca. Y si por el contrario, en el remoto caso de que existiera una grieta y eso sucediera, resultaría un trabajo de titanes rescatarse de nuevo.

Desde que sus ojos habían dejado de sentirse bien hacía ya unos años, la tristeza sobrevolaba sus días. Nunca había terminado de irse del todo, siempre permanecía latente. “Aquella vieja amiga…” La tristeza la visitaba, sobre todo, en las mañanas. No había nada mas triste en el mundo para ella que abrir sus ojos por las mañanas y sentir dolor. Cada mañana, trataba de recordar cómo era abrirlos al despertar y no sentir dolor. Y cómo era, por ende, la vida sin el acecho de la tristeza. No era capaz de imaginarlo. Así, desde entonces, sentía que nunca había vuelto a estar del todo plena y cada día se preguntaba si quizá sería uno más que estaba más cerca de ella y por tanto, le gustaba fantasear con que tendría que ser uno menos para sentirse otra vez bien del todo. Al fin.

Su hermana la estaba ayudando un montón. Se había volcado fuertemente con ella. Ella siempre había creído en ella, mucho más que ella misma. ¿Dónde estaría ahora si su hermana no la hubiera impulsado tanto, sino la hubiera alentado tanto a construir su propio mundo?

Unos días antes de que todo hubiera pasado, la invitó a ver el estreno de una película en los famosos cines de Bravo Murillo donde, le contaba, solía ir cuando aquel trabajo que tanto la absorbía y le apasionaba a partes iguales, le daba algo de tregua.

Cuando llegó el domingo, agradeció inmensamente salir de casa en aquella tarde que se coloreaba tan gris por dentro como lo hacía por fuera… “Después habrá un coloquio con la directora”, le dijo. “¡Te va a encantar! Nos conocemos del estudio y es un ser maravilloso”. Pero ella sólo pensaba en cómo podría escaquearse sin llamar demasiado la atención al terminar la película para ir a recogerse pronto junto a su tristeza.

Antes de la película, tomaron algo en un turco que había frente a los cines unos números más abajo. Allí, entre bolitas de falafel y pasteles de calabacín y queso, hablaron profundamente sobre las relaciones y las crisis existenciales que éstas desencadenan cuando se acaban. De dudar y tambalearse. De amar y entender sin meter cabeza. Probaron el ‘ayran’, una especie de bebida hecha a base de yogur de cabra salada que les resultó de lo más particular. De postre y para endulzar un poco la densidad que las envolvía por un momento, tomaron unos ’baklava’ de pistacho y nueces. Al llegar al cine, le embriagó un olor a palomitas irresistible. En ese instante, se arrepintió de llegar con el estómago tan lleno de delicias turcas y no poder terminar de empacharse con un poco de ‘pop corn’ recién hecho.

La película, un drama social envuelto en la ternura y la inocencia de dos niñas encantadoras, le hizo olvidarse del mundo durante dos horas ininterrumpidas. ¡Cuánto había necesitado parar su cabeza durante tanto rato seguido en los días previos!

Al terminar, fascinada con la historia que acababa de engullir y su delicadeza, su sensibilidad y su buen desarrollo dentro de lo tragicómico, no pudo más que estallar en aplausos y sonrisas por doquier. No pensaba irse a ningún lado, su tristeza podía esperar. De momento, no había otra cosa en su cabeza que no fuera prescindir un rato de ella.

La directora, acompañada de dos de los actores, relató de manera fascinante el porqué de aquella película. Un hecho autobiográfico le había llevado a escribir aquella historia, y ella, desde su butaca y junto a su hermana, no podía dejar de llorar emocionada mientras la contaba. Lloraba y reía a la vez, pues aquella mujer tenía ese don que poca gente tiene de llevarla a un estado de admiración sublime y de hacerle pasar por diferentes emociones en cuestión de minutos. "Hay gente que hace magia cuando comparte historias". Y mientras la escuchaba, algo dentro de sí crecía y sentía cómo le removía las entrañas… “¿Qué está pasando? Otra vez esta sensación tan familiar de que es por aquí…”.

Y entonces lo VIO claro. Y sintió que se llenaba de la misma luz que irradiaba aquella mujer, a la que tuvo suerte de abrazar al terminar el coloquio y a la que pudo agradecer enormemente el haberla inspirado tanto en tan poco tiempo.

La vida se trataba de contar historias. La vida trataba de hablar de lo que nos mueve y de contárselo al otro desde la humildad y la humanidad más grande que nos habita. Y eso es lo que le dijo la directora antes de despedirse: “Escribe, escribe. Escribe sobre lo que tenga que ver contigo y te toque la patata”.

Y entonces, se fue a casa caminando hasta el coche bajo la lluvia, inundada de una alegría que le devolvía unas inmensas ganas de levantarse al día siguiente y que le hablaban muy fuerte de que no es todo negro en el cuarto de la tristeza.

Gracias, hermana ❤️

Anterior
Anterior

La No-ruina

Siguiente
Siguiente

Estallar