Purificar las entrañas \ Autorretrato
Hay tres historias que han inspirado estas imágenes y todas acaban, con diferentes aguas, en el mismo desagüe.
Hace años, cuando salía y fumaba y bebía y bailaba y reía hasta altas horas de la madrugada y me acostaba casi ahogada en vómito, las duchas del día siguiente eran casi lo poco que sentía que podía salvarme. Porque mis resacas siempre fueron mastodónticas y feas, muy feas. Meterme en la ducha era una especie de bautismo. Una especie de ritual para resarcirme de los pecados cometidos la noche anterior y observar desenfocada como el agua se los llevaba por el agujero para nunca más volver. Ojalá hubiera tenido efecto…
Entonces, siempre siempre siempre, en cada una de esas purificaciones, con mis entrañas castigadas por el vino y el tabaco, deseaba poder limpiarme de la misma manera por dentro. Meter agua por la boca y sacarla por todos los orificios de salida de mi cuerpo. Una sola entrada, varias salidas: éxito asegurado. Y en ese recorrer se fuera drenando toda la toxicidad acumulada en aquella noche de inconsciencia y desenfreno. “Aquí tiene usted su cuerpo nuevo. Puede volver a darle uso y maltratarlo una vez más el fin de semana que viene. Gracias”.
Por otro lado, llevo desde el 1 de enero haciendo una dieta crudivegana con el fin de hacer esto mismo, pero esta vez de manera tangible: purgar mi cuerpo por dentro, dejar que todas las toxinas que no han podido salir en todas estas décadas lo hagan a base de una dieta que le da al cuerpo el tiempo y el espacio para reparar y desintoxicar, en vez de invertir tanta y tanta energía en digerir, que no sólo activa un sistema para hacerlo.
Cuando no comemos, nuestro cuerpito sabio repara, higieniza, regenera, ordena y equilibra. No dejamos al cuerpo hacer y el mío, que lleva ocho años con un síndrome autoinmune que merma mi calidad de vida, me lo está pidiendo a gritos. Así que esto no es más que otro intento de buscar esa armonía, de crear balance y de intentar resetear el sistema. Estoy deseando hacer y quiero que el cuerpo me acompañe y ser uno de la mano con él, como dos que de verdad se aman.
La tercera de las historias tiene que ver con él, claro. Al que yo amo profundamente. Él, que se ha quedado a vivir dentro de mí sin pedir permiso, cuál huésped alojado en casa ajena. Quiero poder ducharme los entresijos para limpiarme de él y sacarlo del sistema. Se ha quedado impregnado en cada una de mis células y empiezo a estar hastiada. Harta de que viva instalado en mí; de que su figura me acompañe en cada cerrar de ojos y de casi saborearlo a ratos, de sentir que casi puedo masticarlo y volver a engullirlo. No quiero cargar con él hasta el final, tiene que salir de aquí antes de que acabe pudriéndose porque va a terminar apestando.
Si tan sólo pudiera irrigarme de agua todas las partes físicas y no tan físicas de mi ser y observar impasible y sin nostalgia cómo desaparece por el desagüe de la bañera sin retorno…