Lucía y los Valles Pasiegos

Lucía nació prematura. ‘Pre-prematura’ me atrevería a decir para ser más precisos. Y, aunque poco o nada sé de bebés, y menos aún de los que nacen antes de llegar a término, cinco meses y medio sonaba a realmente muy poco. Tan poco que, al parecer, a esa edad ni siquiera están formados los pulmones y otros órganos vitales que el feto necesita para sobrevivir. “¡Mierda! ¿Cómo de grande puede ser algo tan pequeño? ¿cómo puede haberlo logrado?, me pregunté en aquel instante. Sin embargo, ella, por lo que se ve, tenía unas enormes ganas de vivir. Y esas ganas, aunque a día de hoy a veces flaquean, —porque la vida a veces duele, aprieta y ahoga— son la causa de que esté aquí hoy y, no tengo la menor duda, de que es lo que la hace tan bella y tan especial, tan madura, tan entera y tan auténtica. Aunque a veces una se pregunta si estas cosas queman etapas que son vitales para el desarrollo lógico de un ser humano. —Si es que tal cosa existe…—

Lucía se intuye misteriosa. Su estar es tranquilo y parsimonioso. “Interesante cuando, en un estado de ebullición interno, la realidad sea que proyecte tanta calma hacia afuera”, pienso. Hay en ella una curiosidad sostenida. Camina sigilosa y se mueve de manera dulce y sosegada. Sin embargo, está como retraída hacia adentro, como si no quisiera molestar.

A ratos se desenvuelve como perro apaleado, frágil y alerta. Es como un precioso perro afgano asustado que caminara con el rabo entre las piernas, tímida ella, temerosa. Otros, su presencia y sus pasos, su forma de mostrarse ante el mundo, son seguros. —Lo cual me da una idea de lo que hay debajo de esa niña temblorosa—. Oculta una belleza propia de su edad que protege tras ropa holgada. Algunas tallas más grandes desdibujan su figura pero las combina con un estilo tan particular que la delatan...

Aunque de primeras no llame enormemente la atención, pues diría que le gusta pasar desapercibida, hay algo en ella realmente magnético, algo que apetece destapar y se percibe sin observarla demasiado. Tiene ese no sé qué tan singular que desprenden ciertas personas sin necesidad de abrir la boca. Una especie de luz invisible que la rodea y que inunda los espacios por donde pasa.

Lucía tiene diecinueve años y ha crecido en los Valles Pasiegos. Ha hecho un curso de agricultura ecológica y quiere hacer algo con animales. “Marinos a ser posible”, que le fascinan, como a su padre y como a su abuelo. Es algo que le viene de familia, dice. Aunque a su madre le gustaría que estudiara enfermería, pero claro, como decía Banksy: “los padres harían cualquier cosa por sus hijos excepto dejarles ser ellos mismos”.

Lucía necesita que la vean. Pide a gritos que alguien le tienda una mano y la ayude. Por fin ha encontrado refugio, después de un abismo en el que se sintió pequeña, manipulada, rechazada, culpable y amedrentada. Y allí, o te mueves o "te mueren". Y, sin esas ganas innatas, ¿quién sabe?

Lucía no encaja, pero yo creo que no le hace falta porque ella llena los espacios. No necesita de nadie más. Lucía es inteligente, es sensible, es madura emocionalmente. Muchísimo.

Se ha pasado buena parte de su adolescencia intentando pertenecer. ¿Y quién no? ¿Cuánto necesitamos pertenecer? ¿Cómo de importante es el sentimiento de pertenencia? ¿Es variable a medida que vamos creciendo?

[To be continued...]