Ojalá antes

La respuesta de aquella tarde no le convencía. No le convencía nada en absoluto. Llevaba tiempo queriendo saber qué había en su cabeza, pero aquello era rotundamente un no. No saber qué quería con certeza le hacía dudar muchísimo. De ella misma, de su futuro y de la relación que habían ido perfilando durante años. Si cerraba los ojos era incapaz de verse a sí misma atravesando la vida sin aquel refugio ficticio que él había construido para ella.

No entendía nada. Sus palabras, las que salían de su boca, decían una cosa. Sus ojos, otra. Y ella, con el tiempo, había aprendido que nada que salga de una boca era válido sino iba acompañado de un acto que lo secundara.

Él hablaba pero no admitía. La vida ya le había dado suficientes palos, decía. «¿Para qué otro más?»

En algún momento de aquella conversación se detuvo. Miró el haz de luz que entraba como un rayo a través de la ventana, aspiró fuertemente de aquel ‘palodu’ que sostenía entre las manos y que chupaba ansiosamente para engañar a los nervios, y le miró firmemente a los ojos. Con su mirada, sin mediar palabra, declaró: «No puedes hacerme esto». Y en seguida, una lágrima brotó de sus ojos que, rodando por su mejilla, se deshizo al llegar a la comisura de sus labios. Con la boca inundada de sal le espetó al fin: «Ojalá hubieras hecho esto antes».

Entonces, se levantó de aquella mesa arrastrando bruscamente la silla, cogió violentamente su abrigo y se marchó sin pagar aquel café del que no había probado ni un sorbo.

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