Ausencia de humedad

Ayer volví sola a la montaña. Me gusta hacerlo cuando no me encuentro bien. Y fui consciente de que después de las dos grandes rupturas de mi vida, curiosamente, siempre acabo hundiendo mis pies en La Pedriza. No sé qué hay en ese lugar, pero es, sin duda, revitalizante. Vuelvo siempre que necesito volver a mí. Y funciona.

Ayer anduve casi cinco horas pegada al río. Me gusta mucho sentir la presencia del agua cerca cuando subo a la montaña, aunque no la vea, saber que está cerca me reconforta. El agua es vida. En todos sus haberes. “No quiero lugares desérticos, quiero vida e indicios de ella. En lo seco no hay vida, Vic.

[SECO → Ausencia de humedad]

Me encanta cómo suena el fresquito en mis oídos. Quiero lugares en los que éste dé ganas de vivir.”, pensaba. Y me fascinaba cómo subía y bajaba de volumen el río en función de las subidas y bajadas del terreno; de lo frondoso de la vegetación que lo rodeaba; de la dirección del viento o de cómo de lejos o cerca yo estuviera del agua.

[Ir con todos los sentidos abiertos]

La ansiedad ha vuelto fuerte a mi vida -aunque es ya vieja conocida y fiel compañera, lahijadeputa-. Hace ruido sobre todo en estos días en los que transito mucho la ciudad. En cambio, para bajarle el volumen, vengo a la montaña. Y me doy cuenta de que ‘el estar alerta’ en un sitio y en otro es totalmente diferente. La alerta de la ‘city’ me pone los pelos de punta. Me aprieta el pecho, me cierra la garganta y me paraliza. La de la montaña me estimula tremendamente. Me da alas, me da ganas echar a volar y al acabar el día, me deja el pechito relleno de algo intangible que ocupa mucho espacio y me hace sentir rebién. Es como un volver a las raíces. Volver a un lugar donde no sentirme ajena, un no sentirme extraña. Un estar en casa.

En la montaña me encuentro totalmente sola. Pero me gusta porque en realidad no me siento sola. Hay ‘algo’ que recoge y abraza. Ayer me metí profundo en el bosque y, aunque es raro no encontrarse a gente en La Pedriza, ayer, al ser diario, me crucé con gente al inicio pero ya nunca nadie más después. La sensación de certeza, de seguridad y de recogimiento al caminar sola en la montaña son totalmente contrarias a lo que siento en una ciudad abarrotada de gente y movimiento. Lo frenético me asusta. Activa mi sistema nervioso. La naturaleza también lo hace, pero de un modo amable, es como si me abrazara. Es como si al caminar por la ciudad me cociera en mis propios jugos y al caminar por la montaña me bañara en ellos. Dulce; despierta; alerta, sí, pero sin sentir amenaza, ni real ni ilusoria.

Ayer olí la montaña igual de profundo que cuando quería llenarme de ti, para llevarte conmigo a todas partes. Ayer hice lo mismo mientras paseaba. Inspiraba profundamente para llenarme de pino y piña, que no huelen igual. De jara y hojarasca; de tomillo y romero; de humedad y de viento de casi-primavera… No quiero que se me olvide como hueles pero cada día que pasa queda menos de ti aquí dentro. Y está bien, hay que dejarte ir.

Ayer volví a casa como si me hubieran dado un cuerpo y unas ganas de vivir nuevos.
Ayer volví a casa.

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